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REFUGIO / Por Gloria Inés Betancourt Gómez

 



Trescientos cincuenta pasos por la Carrera Séptima, en Bogotá, me llevaban cada día al Café San Moritz. La calle 19 fue durante muchos años mi primera parada.

Entre edificios y vitrinas con su exhibición consumista, me aproximaba a ese refugio donde salvaba el día. Un espacio donde mis reflexiones encontraban cauce y alimentaban amores antes de iniciar la jornada.

Pocas mujeres ingresaban. Tal vez se sentían señaladas por culpas inexistentes, o las normas invisibles de la época les impedían pisar un café. Eran tiempos en los que la mujer apenas conquistaba sus espacios:  surgían figuras femeninas en la política, en la vida social, en las universidades; se abrían caminos jurídicos y constitucionales a su favor. Éramos apenas un 27% en carreras como Ingeniería, y aun así persistían miradas y actitudes que parecían advertirnos: «les tocará comprar las notas o hacer favores». El café seguía siendo territorio masculino.

Francisco y el sol – Por Nelvis Díaz Daza

 

En el Tablazo, un pueblo en la llanura ardiente del sur de La Guajira, ubicado en el valle del río Cesar, donde la tierra clama sed, vivía Francisco. Heredero de la tierra al que la escuela nunca logró atrapar. Aprendió a leer cuando ya era un hombre hecho y derecho, porque antes no lo había necesitado.

Aprendió a juntar letras con la obstinación de quien se niega a ser vencido, trazando signos en el suelo con el índice de su mano izquierda. Descifró cartillas viejas y periódicos ajenos con la misma paciencia con la que aprendió a sembrar la tierra, ordeñar vacas y a resistir los embates del tiempo.  Estaba convencido de que todo conocimiento se consigue igual que una cosecha: a fuerza de terquedad y aguante.

Vivía en una casa, tan antigua como sus recuerdos, donde siete vacas rumiaban sin tregua todo el día y cuarenta y tres gallinas cacareaban desde que la lampara del universo quería asomar y callaban cuando la luna parecía despertar.

Ulises vuelve a casa - Por Manuel Tiberio Bermúdez

 

—¿Qué hago? Estoy en un aprieto. Tantos años fuera de casa, tantas batallas sufridas, y ahora tiemblo al pensar en el regreso a Ítaca —reflexionaba Ulises, con el corazón apesadumbrado, mientras ordenaba cargar las provisiones necesarias para el viaje.

—¡Llenen las bodegas con agua y comida! El viaje es largo y peligroso —gritó Ulises, con la voz resonando sobre el bullicio del puerto, mientras recorría el barco de proa a popa, comprobando que sus hombres no olvidaran detalle alguno.

Muñeco de año viejo / Por Hervey E. Vásquez

 

Los primeros rayos del sol se asomaban tímidamente entre los árboles. Por entre pequeños espacios se filtraban algunos resplandores que caían sobre un rancho donde vivía un hombre. 

Era de contextura física fuerte y piel trigueña, debido a las duras jornadas de trabajo bajo el sol. Levaba un arrugado sombrero de ala ancha. 

Saboreaba una taza de café caliente mientras pensaba que su jornada de trabajo terminaría al medio día pues era 31 de diciembre.  Iba a hacer los preparativos para recibir el año nuevo, como era costumbre en esa época del año. 

Cleopatra y la serpiente (Mi versión) - Manuel Tiberio Bermúdez

 


«Esta guerra, es una porquería» —pensó la mujer.

Desde el asesinato de César, hemos sentido la desdicha de la hostilidad acosándonos a cada instante.

A mis 39 años, no había sentido tanta desventura ni tanta muerte se había instalado en mis dominios.  Octavio y Marco Antonio, no cejan en su empeño de poder. Nada les detiene.

—Con Antonio. Hemos tenido que venir huyendo a Egipto, pero Octavio esta que nos invade y yo no quiero darle el gusto de exhibirme como un trofeo de su triunfo. 

El precio de la alegría / Por Jaime Alberto Sánchez R.

 


Chemaría salió mudo del juzgado. No fue capaz de despedirse: un taco en la garganta se lo impidió. Los funcionarios se cansaron de explicarle significado de las palabras “embargo” y “secuestro”. Y no era que él, campesino iletrado, no hubiera entendido; fue el juez, el que se demoró en comprender que Chemaría no lo podía admitir.

Lo que más dolió fue el tono en que le dijeron que tenía que irse. “Migrar…, bonita forma de decirle a uno que la vida no vale nada…”, pensó. Salió y montó el caballo que había amarrado frente al parque. El caballo se agitó. Sintió la rabia de su amo, con la cabeza tiró de la rienda, y comenzó a trotar nervioso echando las orejas hacia atrás.

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA SALA

 

Por C. Eduardo Cervantes V. 

 

El día empezaba a clarear. El trinar de los pájaros se escuchaba, a veces interrumpido por el molesto ruido de algún motor. La calma era total. Abandonó su lecho y fue en busca de una manta para cubrir sus hombros y apaciguar el erizamiento de los vellos en sus brazos.  

Se dirigió a la puerta trasera del mercado; sabía que allí encontraría un costal abandonado. Había varios, escogió el menos ralo. Mientras se acicalaba, escucho una voz grave y profunda que le recordó a su padre