«Esta guerra, es una porquería» —pensó la mujer.
Desde el asesinato de César, hemos sentido la desdicha de la hostilidad acosándonos a cada instante.
A mis 39 años, no había sentido tanta desventura ni tanta muerte se había instalado en mis dominios. Octavio y Marco Antonio, no cejan en su empeño de poder. Nada les detiene.
—Con Antonio. Hemos tenido que venir huyendo a Egipto, pero Octavio esta que nos invade y yo no quiero darle el gusto de exhibirme como un trofeo de su triunfo.
—¿Por qué va a triunfar? —grito la mujer dirigiéndose a la nada.
—Este suelo que amo será de los romanos y nosotros una provincia de la soberbia de Roma. —agregó.
«No seré hazmerreir de los romanos que muy seguramente quieren llevarme de vuelta a Roma y hacerme desfilar como prisionera. No quiero pasar por esa humillación» —reflexionó.
—Nada tiene ya importancia para mí. Lo he hecho todo. Amé, fui amada, disfrute del poder y lo ejercí a mi antojo. Se de la vida y de la muerte sin remordimientos y puedo convidarte a ser mi cómplice en este momento. Decidí ser arena en este mar de arena que es mi patria. —Dijo la mujer sin vacilación.
—Eres la que ordena y estoy presta a cumplir tus deseos. Daré mi beso letal para que lo cumplas. Volverás a viajar en el viento, serás compañía para los caminantes que lentamente cruzan en caravanas por el desierto. Si me trajiste hasta acá, cumpliré tu deseo. Has descubierto tu pecho que muchos amantes acariciaron, que muchos hombres codiciaron y emprendieron batallas para alcanzar tu amor. Yo estoy lista Cleopatra —finalizó la serpiente—.
Se irguió sobre su cuerpo, se inclinó hacia atrás para tomar impulso y clavó sus colmillos en el pecho de la mujer quien sin temor lo ofrecía a la mordida fatal.
Manuel Tiberio Bermúdez

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