—¿Qué hago? Estoy en un aprieto. Tantos años fuera de casa, tantas batallas sufridas, y ahora tiemblo al pensar en el regreso a Ítaca —reflexionaba Ulises, con el corazón apesadumbrado, mientras ordenaba cargar las provisiones necesarias para el viaje.
—¡Llenen las bodegas con agua y comida! El viaje es largo y peligroso —gritó Ulises, con la voz resonando sobre el bullicio del puerto, mientras recorría el barco de proa a popa, comprobando que sus hombres no olvidaran detalle alguno.
—Señor —dijo un marinero curtido por el sol, entregándole un envoltorio—, aquí está el pedido de última hora.
Ulises tomó el saco, lo sopesó, lo olió y sonrió.
—«Espero que le guste a mi amada y la ayude a suavizar el sufrimiento de los años que ha pasado esperándome», —pensó Ulises con ternura. Era un pollo asado, un regalo sencillo para su amada Penélope.
Lo que Ulises ignoraba era que Penélope se había convertido en una experta costurera. Con astucia, fingía no haber perfeccionado su arte y pasaba los días tejiendo y destejiendo una gran colcha, afirmando que lo hacía para pulir su técnica.
El barco zarpó. Ya en alta mar, bajo un cielo estrellado, Ulises destapó una botella de vino y, mientras la bebía miraba pensativo hacia el horizonte.
Tras beber la mitad, comenzó a cantar con voz nostálgica: «Que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra».
Entonaba la melodía una y otra vez, como si quisiera que el mar llevara su lamento hasta Ítaca.
La tripulación suspiró aliviada cuando Ulises ordenó que todos se taparan los oídos con cera para no sucumbir al canto de las sirenas. Circe, le había advertido a Ulises que debía proteger a sus hombres para que el canto de ellas no lo llevara al naufragio.
Como Ulises estaba despechado, ordenó a sus hombres que lo atáran al mástil del barco. Pensó: «Hartas mujeres que he escuchado en este viaje, no creo que unas sirenas me vayan a convencer»
Los hombres obedecieron de inmediato, sin chistar; no tanto por temor al canto de las sirenas, sino porque estaban cansados del interminable lamento tanguero de Ulises.
Manuel Tiberio Bermúdez

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