Los primeros rayos del sol se asomaban tímidamente entre los árboles. Por entre pequeños espacios se filtraban algunos resplandores que caían sobre un rancho donde vivía un hombre.
Era de contextura física fuerte y piel trigueña, debido a las duras jornadas de trabajo bajo el sol. Levaba un arrugado sombrero de ala ancha.
Saboreaba una taza de café caliente mientras pensaba que su jornada de trabajo terminaría al medio día pues era 31 de diciembre. Iba a hacer los preparativos para recibir el año nuevo, como era costumbre en esa época del año.
Después de tomarse el último sorbo de café, Crispín le dijo a su esposa que no le alistara el avío, ya que haría un corto recorrido y regresaría a almorzar.
Al regresar, su esposa sirvió el almuerzo para todos. El ambiente estaba lleno de alegría y expectativa por el nuevo año que se avecinaba.
Empezaron a discutir sobre lo que harían y que fuese novedoso en la región. Querían divertirse y luego compartir losa acostumbrados tamales, el sancocho de gallina, el traguito y la chicha en esa noche tan especial.
Elida, su esposa se acercó a Crispín y le susurró algo al oído. El hombre se quedó pensando y murmuró:
—Pues será el kaki y la verde.
De nuevo se preguntó:
—¿Y qué será lo que estos muchachos quieren hacer?
Crispín llamo a Elida y le dijo:
—Mija, serán el kaki y la verde. Me han acompañado durante mucho tiempo; fueron conmigo muchas veces al mercado los domingos, estuvieron conmigo en el trabajo y ya están muy viejitos.
Elida le dio un besito picarón en la mejilla y exclamó:
—Gracias, mijo” —y salió a dialogar con sus hijos—.
La tarde transcurrió entre los preparativos de la cocina, el barrido del patio, la soasada de las hojas para los tamales y el armado del fogón de leña para preparar el sancocho, del cual se encargaba Crispín.
Al caer la noche llegaron unos muchachos vecinos y, junto con los de la casa, se pusieron a armar un muñeco con los trapos que Elida había pedido a Crispín, incluidos “el kaki y la verde”.
Dentro del relleno metieron papeletas, pólvora, unos truenos y buscaniguas. Todos estaban ocupados, y Crispín prestaba poca atención a la hechura del muñeco. Cuando terminaron, lo colocaron en una cerca de alambre de púas. En la casa se escuchaba alegre música navideña en vetusto radiecito que sonaba bien a pesar de lo destartalado.
Acercándose la media noche, comenzaba el movimiento de totumas llenas de chicha, que todos saboreaban con mucho agrado. En el ambiente empezaba a escucharse aquella vieja canción que dice:
“Yo no olvido el año viejo que me ha dejado cosas buenas”…
El tronar de los voladores se hacía sentir cada vez más seguido y más fuerte.
—Ya es hora de meterle candela al muñeco —dijo uno de los muchachos, y así lo hicieron.
La alegría los fue embargando. Faltaban cinco para las doce.
Dentro del muñeco empezaron a estallar las papeletas, los buscaniguas, las bengalas, y todo lo que le habían echado. Crispín, que estaba ocupado en la cocina, salió asustado a contemplar el espectáculo.
Era primera vez que veía tal cosa. Exclamó:
—Vea, pues, en lo que quedaron el kaki, y la verde, camisa y pantalón que durante tanto tiempo me acompañaron. Así es la vejez.
Se tomó una copa de aguardiente, que en ese momento empezaban a repartir y volvió exclamar:
—Tan solo es un muñeco de año viejo. ¡Feliz año!

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