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Ulises vuelve a casa - Por Manuel Tiberio Bermúdez

 

—¿Qué hago? Estoy en un aprieto. Tantos años fuera de casa, tantas batallas sufridas, y ahora tiemblo al pensar en el regreso a Ítaca —reflexionaba Ulises, con el corazón apesadumbrado, mientras ordenaba cargar las provisiones necesarias para el viaje.

—¡Llenen las bodegas con agua y comida! El viaje es largo y peligroso —gritó Ulises, con la voz resonando sobre el bullicio del puerto, mientras recorría el barco de proa a popa, comprobando que sus hombres no olvidaran detalle alguno.

Carta a una señorita en París - Cuento - Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. 

Un día de estos Cuento - Gabrien García Márquez



El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Muñeco de año viejo / Por Hervey E. Vásquez

 

Los primeros rayos del sol se asomaban tímidamente entre los árboles. Por entre pequeños espacios se filtraban algunos resplandores que caían sobre un rancho donde vivía un hombre. 

Era de contextura física fuerte y piel trigueña, debido a las duras jornadas de trabajo bajo el sol. Levaba un arrugado sombrero de ala ancha. 

Saboreaba una taza de café caliente mientras pensaba que su jornada de trabajo terminaría al medio día pues era 31 de diciembre.  Iba a hacer los preparativos para recibir el año nuevo, como era costumbre en esa época del año.