Trescientos
cincuenta pasos por la Carrera Séptima, en Bogotá, me llevaban cada día al Café
San Moritz. La calle 19 fue durante muchos años mi
primera parada.
Entre
edificios y vitrinas con su exhibición consumista, me aproximaba
a ese refugio donde salvaba el día. Un espacio donde mis reflexiones
encontraban cauce y alimentaban amores antes de iniciar la jornada.
Pocas
mujeres ingresaban. Tal vez se sentían señaladas por culpas inexistentes, o las
normas invisibles de la época les impedían pisar un café. Eran tiempos en los
que la mujer apenas conquistaba sus espacios:
surgían figuras femeninas en la política, en la vida social, en las
universidades; se abrían caminos jurídicos y constitucionales a su favor.
Éramos apenas un 27% en carreras como Ingeniería, y aun así persistían miradas
y actitudes que parecían advertirnos: «les tocará comprar las notas o hacer
favores». El café seguía siendo territorio masculino.








