Contenido

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA SALA

 

Por C. Eduardo Cervantes V. 

 

El día empezaba a clarear. El trinar de los pájaros se escuchaba, a veces interrumpido por el molesto ruido de algún motor. La calma era total. Abandonó su lecho y fue en busca de una manta para cubrir sus hombros y apaciguar el erizamiento de los vellos en sus brazos.  

Se dirigió a la puerta trasera del mercado; sabía que allí encontraría un costal abandonado. Había varios, escogió el menos ralo. Mientras se acicalaba, escucho una voz grave y profunda que le recordó a su padre 

—¿Quiere aguapanela? —  Era el celador del mercado. 

—Sí, gracias. ¿Qué tengo que hacer? 

Estaba acostumbrado a que todo lo que recibía fuera una recompensa por algo que había hecho o debía hacer. 

—Nada, es que me sobró mucha y no quiero que se desperdicie. Pruébela que no se va a arrepentir. 

El termo celeste emanaba vaho, y de este emergía un líquido de color caramelo claro que caía en un vaso de cartón. 

Se tomo el aguapanela y agradeció. No se arrepintió 

Se dirigía, una vez más, a su catre y observó como el camión recogedor de basura se llevaba toda su habitación. Sonrió de una manera enigmática y dijo:  

Menos mal no pueden llevarse la sala. 

La alegría que había sentido la semana pasada, cuando estaba rebuscando en el basurero del mercado y encontró una caja de cartón más grande que él por lo qué perfectamente le serviría de cama, estaba desapareciendo. 

Recordó que ese día, cuando estaba acomodando su nueva cama en el rincón aquel que se formaba con la pared de la sacristía y el cerramiento del parque, apareció el Viche, y dijo: 

Cumpa, mire lo que me regalaron— y le mostraba un galón plástico con un líquido amarillo pálido. Es chirrinche, y del bueno. 

 —Espere, acabo de tender la cama y vamos a la sala.

 Al unísono soltaron una carcajada. 

Caminaron juntos por un sendero empedrado que estaba delimitado por sauces llorones y desembocaba en una plaza circular que, en el centro, tenía un arenero, rodeado de juegos infantiles y de bancas. En esta plaza confluían 5 caminos, de ahí que los moradores del barrio le decían Roma, pero Cumpa y Viche, le decían la sala.  

 

Viche era de una estatura superior al promedio; tenía una frondosa cabellera una espesa barba, ambas grisáceas. En su mano derecha los dedos, índice y del medio tenían un color amarillento, similar al de sus dientes. Siempre estaba sonriente, pero en su mirada había desazón. Cumpa era anodino, siempre pasaba desapercibido; por eso le gustaba la compañía de Viche. 

Se sentaron en una de las bancas de hormigón, Viche puso en el medio el garrafón de chirrinche, y de uno de sus bolsillos saco 2 vasos desechables de plástico y aclaró: 

 —Son nuevos, no del reciclaje. 

Cumpliendo con el ritual conocido por ambos, sirvieron un pequeño trago, lo arrojaron al piso y brindaron por las ánimas A continuación, Viche dijo: 

—Ahora , a lo nuestro—mientras llenaba los vasos de cartón hasta el tope, y ofrecía uno a Cumpa. 

Cumpa aceptó el vaso y dijo: 

—Muchas gracias. ¿Qué tengo que hacer? 

—Lo de siempre: emborracharse conmigo mientras nos reímos de sus cuitas y de las mías. 

Volvió al presente y cayó en cuenta de que debía buscar una nueva cama. Lo mejor era ir al basurero del mercado, donde no había celadores, ahí siempre encontraba algo. 

Aunque ya había tomado aguapanela y no tenía hambre, iría primero al “Hogar de Paso”, que había detrás de la iglesia, ahí regalaban pan. 

Mientras caminaba, por uno de los caminos que conduce a la sala, se acordó de Viche. No lo veía desde la noche del chirrinche en la sala, y esto eran casi ocho días. Nunca se había desaparecido por tanto tiempo. Llegó a la plaza circular del parque y se sentó en la misma banca que se sentaron esa noche. Un escalofrío recorrió toda su espalda.  

Su mente entro en un estado de confusión total, veía a Viche llorando; después lo veía riendo a carcajadas; después, serio y prestando atención a lo que él decía. Pero solo eran imágenes que aparecían en su cabeza. Respiró profundo y trató de serenarse. Recordó que esa noche Viche lo había acompañado hasta su habitación y, después de ayudarle a acostarse, le afirmó: 

—Tranquilo Cumpa siempre estaré de su lado— y se fue hacia el mercado. 

Volvió a su mente la necesidad de una cama nueva y, por ende, la obligación de ir al basurero del mercado. Se levantó y caminó hacia el “Hogar de Paso”.  

Al llegar, la dependienta le preguntó: 

—¿Por qué vino solo? ¿Le pasó algo a su amigo? 

Inmediatamente palideció y su cuerpo empezó a temblar. 

—¡Uy! ¿Qué le pasa? Siéntese aquí. — dijo ella acercándole una silla. 

Una vez más vino la confusión y el caos. La cara de Viche aparecía y desaparecía: a veces triste, a veces alegre. Repitió su ejercicio de respiración. Se tomó el vaso de agua que le trajeron, y poco a poco, todo volvió a la normalidad. Cuando se sintió bien, se paró y recordó la necesidad de una cama nueva. 

Salió a la calle. Pese al viento, la temperatura era muy agradable. Caminaba sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. De pronto se encontró nuevamente en la plaza circular del parque, sentado en la misma banca de la noche del chirrinche. 

—Qué hago aquí? — Se preguntó mientras se sentaba — Debería estar buscando mi nueva cama. 

Pese a estar tranquilo, reapareció la cara de Viche, pero esta vez le decía: 

—Cumpa hoy es mi último día. Me iré a descansar al basurero. 

De repente, todo tenía sentido incluso el suicidio de su padre. 

1 comentario:

  1. Un relato que rinde culto a la amistad. Está escrito en tercera persona con punto de vista sobre el Cumpa que nos descubre sus emociones. Buen relato.

    ResponderEliminar

Gracias, su participación es muy importante.