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Francisco y el sol – Por Nelvis Díaz Daza

 

En el Tablazo, un pueblo en la llanura ardiente del sur de La Guajira, ubicado en el valle del río Cesar, donde la tierra clama sed, vivía Francisco. Heredero de la tierra al que la escuela nunca logró atrapar. Aprendió a leer cuando ya era un hombre hecho y derecho, porque antes no lo había necesitado.

Aprendió a juntar letras con la obstinación de quien se niega a ser vencido, trazando signos en el suelo con el índice de su mano izquierda. Descifró cartillas viejas y periódicos ajenos con la misma paciencia con la que aprendió a sembrar la tierra, ordeñar vacas y a resistir los embates del tiempo.  Estaba convencido de que todo conocimiento se consigue igual que una cosecha: a fuerza de terquedad y aguante.

Vivía en una casa, tan antigua como sus recuerdos, donde siete vacas rumiaban sin tregua todo el día y cuarenta y tres gallinas cacareaban desde que la lampara del universo quería asomar y callaban cuando la luna parecía despertar.

A los setenta y seis años, Francisco conservaba el aspecto de un hombre que no había sido derrotado por el tic tac del reloj, aunque le hubiera cobrado en cuotas su existencia, tenía la piel endurecida y áspera como la corteza de un trupillo, la dentadura superior perdida en algún lugar y en un año que nunca quiso recordar. Las uñas de sus manos oscurecidas por el barro llevaban tatuada la memoria del campo. Sombras cafés que no eran mugre, sino cicatrices de la faena diaria, convertidas en testigos mudos de un trabajo que se consuela en el sudor y la esperanza que germina bajo el corazón ardiente del firmamento.

Sus manos no eran solo herramientas, sino páginas vivas donde se escribían relatos, y cada línea reflejaba la historia de un oficio que, aunque adverso, se dignificaba con el silencioso paso de los días.

Se fue quedando sordo sin darse cuenta; como ocurre a los hombres que han pasado la vida oyendo solo lo indispensable. Había que hablarle fuerte y de frente para que entendiera. Pero su sordera no le había robado ni la lucidez ni el carácter recio, solo comparado con el verano guajiro. Ni tampoco la testarudez heredada de los árboles que no se mueven, aunque el viento les arranque las ramas.

Después de alimentar a las ponedoras de huevos y ordeñar a la madre del establo, cuando el ojo incandescente del día ya comenzaba a adueñarse del cielo, Francisco entraba al rancho levantado con bahareque y adobe. Se acomodaba en una vieja mecedora de bejuco, heredada de su madre, bebía café cerrero y descansaba apenas lo necesario. Porque a la una de la tarde, cuando el calor se volvía casi un castigo divino, volvía a salir al patio, quitándose el sombrero, ofreciendo el rostro a la brasa del medio día.

—¡Papá, métase pa’ dentro! —le gritaba Mercedes, su hija, desde la puerta

—Ese sol lo va a matar—.

Francisco la miraba con paciencia, como se mira a quien habla desde el miedo.

—Mija —respondía, alzando la voz para vencer su propia sordera

—La lámpara del universo es fuente de vida; tan cercano a mí que entre su calor y mis huesos no existe distancia. —

Mercedes nunca supo si aquello era una metáfora o una verdad literal. No entendía ese pacto silencioso que su padre tenía con el corazón ardiente del firmamento.

Para Francisco, el candil del amanecer no era enemigo ni amenaza; era compañero de lucha, testigo de su esfuerzo. El mismo que lo había visto criar a sus hijos, a punta de machete y pala, sin quejarse, sin pedirle nada a nadie.

En sus recorridos vespertinos por los pastizales, se detenía ante cada cerca para mirar con atención si el alambre presentaba algún deterioro. Su mirada escudriñaba en ellas un desperfecto que nunca encontraba. Arreglaba alambres que todavía resistían y contemplaba el horizonte árido donde el viento levantaba remolinos de polvo. El fogón del cielo le caía encima como un manto pesado, pero él lo recibía creyendo que cambiar sus costumbres sería como negarse a sí mismo.

Francisco siguió el ritual, enfrentando al astro rey como parte inseparable de su jornada, aferrado a que esa costumbre le daba sentido a la esencia de sus días. Mercedes, desde la puerta, lo observaba con una mezcla de ternura y compasión.

Ese mediodía, el resplandor fue distinto, más intenso, más dorado, como si el fuego del cielo hubiera decidido descender un poco más cerca a la raíz que lo sostenía. Francisco levantó la cara y cerró los ojos. Por un instante pareció como si el tiempo se detuviera. Las gallinas callaron, las matronas del establo dejaron de rumiar, y hasta la brisa se recogió en un silencio vago.

Mercedes lo llamó desesperadamente, pero él no respondió. Lo vio inmóvil, con el sombrero aún en la mano y una sonrisa apenas dibujada en su rostro, parecía estar escuchando una voz que nadie más podía oír.

Algunos dicen que ese día Francisco se derritió con el sol, que lo absorbió y lo convirtió en parte de su brillo eterno. Otros aseguran que lo vieron caminar hacia el horizonte, más erguido que nunca, perdiéndose entre los remolinos de polvo, como si hubiera encontrado un camino secreto que solo él conocía.

Desde entonces, cada vez que el ojo incandescente del día cae con furia sobre El Tablazo, los vecinos murmuran que es Francisco saludando y recordándoles que hay pactos que ni la muerte puede romper.

 

 

FIN

 

2 comentarios:

  1. Siento realismo mágico, Nelvis. El argumento central me encanta y en el desarrollo de la trama tienes buena narrativa. La organización del texto es cómoda de lectura. Disfruté el relato, felicitaciones.

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Gracias, su participación es muy importante.