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Un día de estos Cuento - Gabrien García Márquez



El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Muñeco de año viejo / Por Hervey E. Vásquez

 

Los primeros rayos del sol se asomaban tímidamente entre los árboles. Por entre pequeños espacios se filtraban algunos resplandores que caían sobre un rancho donde vivía un hombre. 

Era de contextura física fuerte y piel trigueña, debido a las duras jornadas de trabajo bajo el sol. Levaba un arrugado sombrero de ala ancha. 

Saboreaba una taza de café caliente mientras pensaba que su jornada de trabajo terminaría al medio día pues era 31 de diciembre.  Iba a hacer los preparativos para recibir el año nuevo, como era costumbre en esa época del año. 

Los testigos – Cuento - Julio Cortázar


 


Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban cerca del cielorraso, y una de las moscas volaba patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.


Mensajes a la nada - Poema


De tantos años

en soledad

comienzan a salirse

los recuerdos por sus bocas

y terminan hablando

en soliloquios

que nombran

lo que dejaron de decir

de contar.

 

Brotan las palabras

que no expresaron

a sus padres

a sus hermanos

a sus amadas

a sus amigos

y envían mensajes

a la nada

al viento

al transeúnte

a la gente asombrada

que no entiende

porque esas frases

de ternura o de rabia

que lanzan al vacío.


Manuel Tiberio Bermúdez



New York, cualquier noche...

Cleopatra y la serpiente (Mi versión) - Manuel Tiberio Bermúdez

 


«Esta guerra, es una porquería» —pensó la mujer.

Desde el asesinato de César, hemos sentido la desdicha de la hostilidad acosándonos a cada instante.

A mis 39 años, no había sentido tanta desventura ni tanta muerte se había instalado en mis dominios.  Octavio y Marco Antonio, no cejan en su empeño de poder. Nada les detiene.

—Con Antonio. Hemos tenido que venir huyendo a Egipto, pero Octavio esta que nos invade y yo no quiero darle el gusto de exhibirme como un trofeo de su triunfo. 

Mujer y luna - Poema - Jaime Alberto Sánchez

 


No te llames a engaño si te comparo con la luna.

Tú, mujer querida, protectora en la media noche,

retienes misterio, secretos que tu faz

ocultaen la claridad del medio día.

 

Inmensa y luminosa tras la montaña,

reinas como diosa en el cenit del abismo,

dictadora de mi vida.

 

Viajas en la espiral del tiempo:

primero irreflexiva, luego activa, luego lenta,

siempre fecunda, siempre atractiva,

siempre adelante, con manos sabias

llena de silencios que sepultan mis anhelos cada día.

 

No te engañes, no me engañes, no abuses:

tu poder amo en las lunas de tus ojos,

con la fuerza de la pasión, la razón y la mentira.

 

No mengua el amor: se vuelve otro.

No te ocultes. No sin mí, al menos.

¡Ven aquí!, no disimules tus secretos, dímelos.

quiero tus ojos plenos para los ojos míos,

quiero tus ojos siempre, para saciar mi vida

 

 

Jaime Alberto Sánchez Ramírez

Abril de 2026

 

 

El precio de la alegría / Por Jaime Alberto Sánchez R.

 


Chemaría salió mudo del juzgado. No fue capaz de despedirse: un taco en la garganta se lo impidió. Los funcionarios se cansaron de explicarle significado de las palabras “embargo” y “secuestro”. Y no era que él, campesino iletrado, no hubiera entendido; fue el juez, el que se demoró en comprender que Chemaría no lo podía admitir.

Lo que más dolió fue el tono en que le dijeron que tenía que irse. “Migrar…, bonita forma de decirle a uno que la vida no vale nada…”, pensó. Salió y montó el caballo que había amarrado frente al parque. El caballo se agitó. Sintió la rabia de su amo, con la cabeza tiró de la rienda, y comenzó a trotar nervioso echando las orejas hacia atrás.