Chemaría salió mudo del juzgado. No fue capaz
de despedirse: un taco en la garganta se lo impidió. Los funcionarios se
cansaron de explicarle significado de las palabras “embargo” y “secuestro”. Y no
era que él, campesino iletrado, no hubiera entendido; fue el juez, el que se
demoró en comprender que Chemaría no lo podía admitir.
Lo que más dolió fue el tono en que le dijeron
que tenía que irse. “Migrar…, bonita forma de decirle a uno que la vida no vale
nada…”, pensó. Salió y montó el caballo que había amarrado frente al parque. El
caballo se agitó. Sintió la rabia de su amo, con la cabeza tiró de la rienda, y
comenzó a trotar nervioso echando las orejas hacia atrás.
Cuando salió del pueblo, Chemaría notó que el
caballo resoplaba sin cesar. Desmontó y siguió a cabresto. Caminó recordando
las palabras de su padre: “Por aquí pasó su bisabuelo hace cien años…Venía de
Rionegro…ahora le toca a usted cuidarlo que él dejó…”.
¡Valla que lo había cuidado!, la finca había
crecido. La protegió de la maleza, de la plaga y de la zarigüeya; aprendió a
desviar los arroyos que crecían en mayo y en noviembre, y, a punta de
triquiñuelas, logró matar el tigre que se había comido el ternerito de la vaca
mariposa.
Pero sus mañas no le alcanzaron para cuidarla
las alianzas que los hombres ricos tenían con el gobierno. Ellos fueron los que
le quitaron todo.
“Mañana cumple doce años mi niño, el quinto
Chemaría”, pensó. “Sueña con ser capitán y conocer el mar…”. Era el mayor.
Quería navegar por el río Cauca en el mismo barco que el segundo Chemaría había
visto pasar, la tarde en que fue a Tuluá a llevar diez mulas.
Chemaría había cumplido veinte años de casado
con Josefina en diciembre. Hoy, quinto día de enero, como si allí, en la
oficina de ese juez terminara la vida, quedaba sepultada la última esperanza de
salvar la finca.
“Por confiado”, pensaba. “Creí que un juez lo
entendería…pero no…”. Cansado de caminar, ensayaba lo que diría a su mujer en
la cocina, donde se trataban los temas importantes:“Josefina, tenemos que coger
otro camino, en este lo perdimos todo…”. No encontraba una forma diferente de
llorar.
En los tiempos en que no se necesitaban las
notarías ni los bancos, Chemaría y Josefina ampliaron la hacienda empeñando su
palabra en los negocios. Cercaron la finca y sembraron café. Con ayuda de los vecinos,
construyeron un establo y cinco marraneras. Todas las deudas se pagaron. La
casa lucía de blanco, crecían flores en los pasillos y había calor en las
alcobas.
El parcelador que midió el terreno dijo que
eran 102 plazas. Había sido enviado por una Sociedad Anónima para que el
crédito quedara bien soportado. Con ese dato, el visitador del Banco Agrícola
calculó el préstamo en 3000 pesos.
Chemaría se detuvo en un alto y divisó con
paciencia el Valle de río Cauca. Por los lados de Sevilla, un aguacero bañaba
una parte de la otra cordillera. Por los lados de Tuluá, otro, bañaba la salida
norte. Era un día gris, de pisos verdes y amarillos, atravesado por un río
marrón, que bajaba lavando arcilla y lodo de sus orillas.
Volvió a montar y continuó el camino. Antes de
llegar a la finca, el caballo se detuvo. Su amo estaba llorando. Chemaría no
recordaba haber llorado así, ni siquiera de niño. Cuando se calmó, se limpió la
cara con el poncho, acomodó su sombrero y entró en la finca.
—¡Llegó papá!, ¡Llegó papá! —dijo Chemaría a
sus hermanitos. Abrazó a su padre y le contó en voz baja:
—Mamá está haciendo una torta para mañana. ¡Me
va a hacer una fiesta!
El padre sonrió, lo abrazó y alzándolo dijo:
—¡Prepárense niños! De cumpleaños, el domingo los
invito a atravesar el río en el planchón. A Chemaría, que cumple años, le toca
de capitán. ¡El otro año vamos todos a conocer el mar!
Los niños saltaron de alegría. Hicieron
preguntas, escogieron lugar en el planchón con el permiso del nuevo capitán y salieron
a jugar a los piratas. Josefina, que había esperado en la cocina, le preguntó a
su esposo.
—¿Qué dijo el juez?
—O nos vamos, o viene la policía y nos saca como
si fuéramos perros…
—¿Cómo así?
—Así. Al juez no le importó. Le dije que esta
tierra es de nosotros, ¡de verdad!, desde los bisabuelos. Él dijo que ya tenía
dueños, hasta me mostró unos papeles. Dijo que la finca no es de los que tumban
el monte yla construyen, ni de los que la siembran y trabajan, sino de otros, porque
construimos en tierra ajena, como ilegales. Yo le dije que nosotros no
sabíamos, que en ese tiempo no se necesitaba el permiso de nadie, porque por
aquí no había dueños de nada. Pero él no hacía sino sacudir unos papeles viejos.
Se estaba enojando. ¡Cien años!, le decía yo, ¡Mi familia!, le decía yo, pero
no quiso entender. Y los vecinos,¿También tienen que comprar lo que es de
ellos? Me dijo que sí, o les pasaba lo mismo que a nosotros
—No he podido entender qué pasó
—Apareció un papel viejo, dizque una cédula
real de 1650, un señor Delgado Cabal, dueño de todo esto por orden de un rey
que nunca estuvo por aquí
—¿Y ahora dónde está?
—Pues muerto, ¿no ve que eso hace mucho tiempo?
—Ah…
—Después le hicieron escrituras en Buga a un
señor Rivera, y después a otros, y a otros, hasta que la tierra la cogió la
Sociedad esa. ¿Se acuerda del visitador que vino el año pasado dizque a medir,
o a dibujar la finca, porque esto era de ellos?
—¡Claro!, nos dijeron que con la plata que nos
prestaban poníamos a producir la finca y así le podíamos pagar la tierra al
banco, que no había problema. ¡Claro!, primero se emborracharon y comieron
sancocho a costillas de nosotros. ¿Pero nos prestaron la plata, cierto?
—Sí, pero esa plata era dizque para pagar la
tierra, que porque no era de nosotros sino de la Sociedad. Nos prestaron 3000 pesos.
Pero nos dieron 1800, algo así, porque descontaron papeles, permisos y trámites…
Y como no pudimos pagar, pues nos van a quitar la finca esta semana. Dijo que
eso se llama secuestro
—¡Malditos borrachos! Pues consigamos la plata que
falta con los vecinos y les pagamos lo que les debemos, ¿no?
—No. Eso hizo don Alfonso y la gente le quemó
la casa, porque le pagó a esa Sociedad
—O sea que, si pagamos, los vecinos nos queman
la casa, y si no pagamos, ¿la policía nos saca a la fuerza?
—Más o menos, sí
—¡Malditos!
—Mija, ¡por Dios!
—Sí, qué pecao, pero es que no es justo… Y
ahora, ¿Qué?
—Nos vamos. Hablé con Antonio, mi primo. Nos
espera en Andalucía el domingo con los corotos
—¿Por eso le dijiste a los niños que íbamos de
excursión? Claro…
Llegaron a las tres de la tarde a la orilla
occidental del Río Cauca. Josefina le dio instrucciones al balsero para que
nombrara a Chemaría capitán de la travesía, mientras le ponía un kepi de tela y
cartón que había cosido el día anterior.
El niño fue el primero que subió al planchón
acompañado de Josefina. Haciendo honor a su nuevo rango, el ferviente capitán saludó
a su familia como un militar y comenzó a dar órdenes con los ojos encendidos,
con una sonrisa tan luminosa, que Chemaría se tuvo que esconder detrás de un
árbol para ocultar sus lágrimas:
—¡Suban el equipaje! ¡Primero los costales y los
colchones! ¡después las cajas!
El niño ayudó a cargar. Con la última caja, el
padre subió al planchón. En ese momento el niño abrazó a sus padres, como
entregándoles la esperanza, y gritó:
—¡Zarpar!
El planchón se desprendió de la orilla y
comenzó la travesía por el río. Atrás quedaron las montañas rojas, vestidas de
dolor y de pasado, y, en la cima de una pequeña colina, una casa abandonada
cerca del Cerro Azul, cercada de batatilla.
Jaime Alberto Sánchez Ramírez
Abril 2026

La tragedia de la Soledad de los Campesinos, maltratados por los grandes terratenientes que aun viven en el mundo de un sistema de encomienda, en donde un rey que jamás conoció estas bellas tierras, las repartió como si fuera una presa de pollo. Texto cargado de nostalgia, profunda sensibilidad social
ResponderEliminarUna radiografía de muchas realidades....gracias
ResponderEliminarEse cuento costumbrista de Jaime no solo refleja la cotidianidad de las familias colombianas, sino que también rescata los matices culturales, las tensiones sociales y las tradiciones que han marcado generaciones enteras.
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