Trescientos
cincuenta pasos por la Carrera Séptima, en Bogotá, me llevaban cada día al Café
San Moritz. La calle 19 fue durante muchos años mi
primera parada.
Entre
edificios y vitrinas con su exhibición consumista, me aproximaba
a ese refugio donde salvaba el día. Un espacio donde mis reflexiones
encontraban cauce y alimentaban amores antes de iniciar la jornada.
Pocas
mujeres ingresaban. Tal vez se sentían señaladas por culpas inexistentes, o las
normas invisibles de la época les impedían pisar un café. Eran tiempos en los
que la mujer apenas conquistaba sus espacios:
surgían figuras femeninas en la política, en la vida social, en las
universidades; se abrían caminos jurídicos y constitucionales a su favor.
Éramos apenas un 27% en carreras como Ingeniería, y aun así persistían miradas
y actitudes que parecían advertirnos: «les tocará comprar las notas o hacer
favores». El café seguía siendo territorio masculino.
Una
puerta metálica daba la bienvenida. Luego, un corredor conducía aotra de madera
finamente tallada. Una cartelera acumulaba avisos descoloridos, otros a punto
de desprenderse, anunciaban ventas, trabajos, arriendos, amores, nostalgias.
Junto
al zaguán se abría el salón principal, donde el tiempo parecía haberse detenido:mesas metálicas que cedían
ante los desniveles del piso, asientos de cuero rojo, azucareros de vidrio con su perforación en el centro de la tapapara dispensar la sacarosa, y una greca antigua que exhalaba el aroma del café. Fotografías colgadas en la pared, de
una Bogotá que ya no existía, un salón de billar y un teléfono público al
servicio de todos.
A
veces me detenía, como un gato curioso, a escuchar fragmentos de conversaciones
ajenas: urgencias, afectos, conflictos, pequeños dramas cotidianos. La vida
circulaba sin reservas.
En
ocasiones cuando el lugar estaba lleno después del almuerzo, compartía la mesa
con algún desconocido. Era un pacto silencioso de convivencia.
Observaba
al abogado con su cliente, al poeta, al lector solitario, al vendedor de
lotería, al embolador, los políticos, los transeúntes, los amantes del café,
los pensadores. Imaginaba sus vidas; cada gesto era una historia. En aquellas
sillas rojas habitaban mundos.
Se
decía que el Café San Moritz había sido testigo del Bogotazo,refugio de
artistas, escritores, poetas y políticos; Jorge Eliécer Gaitán lo concebía para
hacer tertulias y preparar algunos de sus discursos y León de Greiff, el
célebre poeta, escribía sus versos y departía con otros intelectuales. Memorias
bohemias que se resistía a desaparecer. Su encanto residía en su arquitectura
acompañada de su densidad histórica y cultural la que se hacía evidente en cada
rincón.
Vendían
empanadas con limón que aliviaban las penas o simplemente acompañaban
conversaciones espontáneas. También era el lugar perfecto para leer el
periódico o perderse en un libro.
Algunos
días, al llegar estaba en plena limpieza: las sillas sobre las mesas, el piso
recién atendido, una intención de orden que devolvía dignidad al espacio. Me
preparaban mi mesa y esperaba el café. Si
la greca no estaba lista; encendía un cigarrillo y escuchaba el susurro del
lugar, como si las paredes guardaran voces antiguas para acompañar esos
instantes de soledad. Los ecos del ayer se deslizaban hacia el presente y se
convertían en versos, en pensamientos o en imágenes. La músicasuavizaba el
silencio y restauraba el ánimo.
El
Café San Moritz cerró en 2017. Años después reabrió en el centro de la ciudad, pero,
ya no es el mismo. Transformaron su arquitectura, sus silencios, su clientela,
sus objetos, su espíritu. Tal vez sea el precio de la modernización que a veces
borra la memoria. Sin periódicos que compartir, sin columnas que discutir, sin
esa comunidad espontánea, algo esencial se diluyó.
En
mí, sin embargo, sobrevive el café de 1937. Permanece tibio, intacto en la memoria,
otras en la escritura.
Sigue
siendo mi refugio, cada vez que abordo el tren bohemio de la vida.
Armenia,
mayo 2026

Una cálida reminiscencia ambientada con bonitas descripciones y bellas imágenes que saben dulces de nostalgia. Los sentimientos vividos en un lugar están atados a la época en que se vivieron. Fue muy importarte que la vivieras y sintieras así como la narras en este buen texto. Felicitaciones, Gloria Inés, me gustó mucho tu escrito.
ResponderEliminarMuchas gracias Anteros. Las vivencias nos recuerdan que existe un lápiz y un papel para plasmar esos momentos que marcaron nuestro ayer.
ResponderEliminarAlguien dijo que la segunda patria de los seres humanos son los recuerdos. Buen texto que rememora momentos idos.
ResponderEliminarBuen paisaje de tus recuerdos, me gusta el ritmo y la descripción del café con tus memorias. Gracias
ResponderEliminarUna buena crónica que alborota la nostalgia.
ResponderEliminarGracias Gloria Inés por permitirme entrar a la cafetería desde tus recuerdos. Siempre quise estar allí
ResponderEliminarBuen texto, evoca la época en que no había el ruido de los aparatos electrónicos de hoy, la gente hablando sola con audífonos y esos personajes circulaba sin temor por la inseguridad que es otro síntoma de modernidad.
ResponderEliminarFelicitaciones por tu escrito.Atreverse a escribir las vivencias es un don maravilloso!
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